Las Heridas

Nosotras las mujeres tenemos mucho por sanar. No se si es más que los hombres pero si se que es imprescindible que lo hagamos.
Hay algunas heridas que son ancestrales, generacionales, históricas, mundiales. Otras son familiares. Y en las familiares también entran algunas de las anteriores, porque hemos ocupado lugares en lo “familiar” que tienen que ver con la historia y no con nuestra propia familia.
Las heridas de nuestra historia personal, en esta vida, en esta época, también son muy profundas. Una muy grande tiene que ver con nuestra madre, con la madre de nuestra madre y con la madre que somos en potencia.
Cuántas cosas que pensamos o sentimos son verdaderamente propias y cuántas tienen un gran
porcentaje de lo que nos instalaron como un software nuestras madres?
La mayoría de las mujeres coincidimos en que por más independizado que uno esté de su madre es muy difícil lidiar con su opinión en contra, aunque no lo diga. Esta muy arraigado en la vida y en la cultura que nadie nos conoce mejor que nuestra madre, porque ella nos dio la vida. Y es cierto que nos conoce mucho, pero nunca, ni ella ni nadie, va a tener el potencial de conocernos como nosotras mismas podemos llegar a hacerlo. Digo el potencial, porque el autoconocimiento es una decisión que no toma todo el mundo. Pero como toda decisión está ahí y se puede tomar en cualquier momento.
En el fondo del fondo, cuando podemos ver más allá de nuestra personalidad, nuestro ego, nuestra forma física, ahí está nuestra presencia, que es una experiencia, no es un concepto descriptible. Y cuando tenemos esa experiencia y recordamos y reconectamos con lo esencial, podemos sentir que nadie te conoce como vos mismo y todo lo demás es ilusión. Ojo, esto puede dar vértigo porque significa que esos “bastones” imaginarios que creíamos que nos sostenían frente a todo en verdad no existen. No hay bastón, pero tampoco hay rengo. No hay nada que sostener. Lo que sucede a veces es que volvemos a la personalidad y a los miedos luego de haber sentido que los bastones son una ilusión. Entonces vuelve el miedo a caernos pero ahora ya sabemos que no hay bastón… es terrible. La clave es estar atento a ver que parte de nosotros cree necesitar un bastón. Si es algo del pasado, una yo que ya no existe, simplemente debo soltarla y recordarle que ya no soy esa, ya no necesito un bastón.
Si es el futuro debo confiar en que no voy a necesitarlo. Confiar, nada más que eso. Y si es el presente debo abrir el corazón y entregarme. No queda nada más que entregarnos. Ese es nuestro gran don.
La verdadera enseñanza del pasado es que aprendas a SOLTAR, la verdadera enseñanza del futuro es que aprendas a CONFIAR, la verdadera enseñanza del presente es que aprendas a FLUIR.
Todo esto es muy facil de escribir, pero las heridas ancestrales tienen el peso de muchos años. Yo creo que mientras más mujeres nos dediquemos a limpiarlas, mejor va a ser para nosotras y para todas las que vengan. Algunas tal vez solamente hay que comprenderlas e incluso perdonarlas.
Una herida familiar “ancestral” tiene que ver con el deber ser madre. El deber desear ser madre. Y en la historia pasaron dos cosas, estuvieron las madres que se convirtieron en solo eso y se perdieron como mujeres, y se dedicaron a lavar y a coser y se quedaron con los nidos vacíos, esperando tal vez algún nieto que lo vuelva a llenar. Después estuvieron las mujeres que se reivindicaron de eso. Que lucharon para que nuestro lugar no sea el de estar por debajo del hombre. Y se polarizó el feminismo hasta llegar al conflictivo lugar que le toca a mi generación. Ese en el que entra el conflicto (que antes no tenía ni lugar de suceder) entre el ser madre y perder el poder de la mujer independiente o ser mujer independiente, empoderada, etc y no “cumplir” con ese potencial tan fuerte y rotundo que nos dio la naturaleza.
Y en el medio de todas estas cosas está el amor, el amor de pareja digo. Cuanto lugar ocupa, cuanto no. Me debilita, me hace fuerte? Me abro, me cierro, me vuelvo a abrir, me abro un poquito nada más. Me mido, me voy de boca, me pierdo. Y otra vez aparecen las heridas ancestrales. La mujer enamorada que se queda vacía frente al intermitente entrar y salir del hombre. Y como ese lugar es tan vulnerable en algún momento de la historia también decide cerrarse y correrse de ahí. Y ser igual que él, intermitente. Pero no, eso no es lo que somos.
Somos todo, y si logramos ser ese todo… estamos salvadas. Bueno salvadas lo que se dice salvadas no, pero podremos alcanzar un equilibrio y armonía que nos posibilite vivir cada experiencia con paz y plenitud.

Por Lucía Peñaloza