Las Emociones y la Imaginación (parte II)


Luego de dos días me dispuse a poner por escrito lo que había logrado comprender. Y al volver a la casa de Magdalena, expuse mi conclusión.

—Descristalizar las emociones (que sería algo así como matar de hambre al ego) es un proceso sumamente doloroso. ¿Cómo no va a serlo, si esas emociones definen quienes creemos que somos?
Hacer esto es quedar momentáneamente sin “Yo”, sin ego. Se trata de abandonar las capas egóicas, desidentificarnos de las emociones en las cuales estamos encapsulados por cosas del pasado; preconceptos, juicios y valores. Si esto se lograra, comenzaríamos a vivir el presente, sin el mecanismo de pasarlo por el filtro de vivencias y creencias pasadas. La personalidad, como la comprendemos, se desmoronaría día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, hasta que toda nuestra experiencia sería completamente nueva, cada vez.
Recordé unas clases que a las que asistí hace algunos años sobre el aprendizaje de las

praxias; por ejemplo, cuando aprendemos a caminar, a andar en bicicleta o a bailar. El aprendizaje fisiológico tiene básicamente tres etapas: generalización, inhibición diferencial y repetición y reforzamiento. Esto significa que primero aprendemos lo global, luego empezamos a utilizar los músculos apropiados e inhibimos los que no nos resultan de utilidad, y con la repetición de la práctica se va formando el hábito, que queda reforzado e impreso en nosotros, pudiendo así ser utilizado cada vez que lo necesitemos. Esto es sumamente adecuado para prácticas fisiológicas, desde las más simples, como caminar, hasta las más complejas como por ejemplo una técnica de danza o la ejecución de un instrumento musical. Pero ¿qué pasa si lo que aprendemos no es un hábito motor, sino un hábito emocional? ¿Es útil tener siempre la misma respuesta para estímulos como el miedo, el amor, o el enojo? Está claro que no. Cada situación es nueva, y por ende requiere una respuesta actualizada, elaborada para ese mo-mento en particular.
Pero ¿desde dónde brindo esta respuesta, si no puedo apelar a mi pasado? Acá creo que aparece una de las primeras claves, y es que la mayoría de nosotros no cree ser alguien más allá de nuestro pasado, nuestro núcleo familiar y nuestra pertenencia social. Es decir, nos creemos seres socio-culturales en nuestra totalidad. Lo cierto es que todos tenemos la capacidad de acceder a algo que va más allá del contexto en el que nacimos. Pero para esto tenemos que cuestionar y cuestionarnos, tenemos que desprogramar nuestros automatismos, lo que puede resultar un proceso difícil y doloroso. Ciertamente es más


cómodo, práctico y económico tener respuestas estipuladas. También es cierto que si reaccionamos como lo hace la mayoría, vamos a ser aceptados por los demás. Mi conclusión, por lo tanto, es que estos son los dos factores elementales por los cual nos movemos: comodidad y aceptación. Estos son los beneficios secundarios de los cuales nos agarramos para no cambiar. ¿Pero cuál es el beneficio primario que estamos dejando pasar? La libertad.
La pregunta que aparece ahora es: ¿cómo sostenemos vínculos en los cuáles se pretende que las emociones sean estables? Esto puede ser una pista para comprender el problema vincular que se vive en la actualidad, los sufrimientos que se padecen por amor y desamor. Somos etiquetados constantemente por los demás, y nosotros, a su vez, etiquetamos a los otros todo el tiempo. Esto nos da seguridad. El vínculo es un juego de reflejos y espejismos.
Por ende, todo esto debe ser aplicado en el vínculo, y no fuera de él. Pero ¿cómo? Podemos estar atentos a nuestras emociones y cuestionarlas. De esta forma empezamos a corroborar si están actualizadas. Cuestionar es el principio de todo cambio…

—En primer lugar —señaló Magdalena—, son pocos los que poseen esa comprensión y aquellos que la vislumbran tienen miedo de perder su personalidad, dejar de ser ellos mismos. Yendo un poco más lejos, la comprensión real es darse cuenta que todo es energía y que estamos clasificando constantemente. El problema no es tanto no basarse en estereotipos pasados sino tener en cuenta que no todo encaja siempre. Por consiguiente, hay que ser lo suficiente-mente flexibles y ver más allá de las apariencias sin tener miedo a lo desconocido o a hacer el ridículo porque nos equivocamos. En esto radica el poder del ego, evita el ridículo, la humillación y busca la aceptación, como bien dijiste. Entonces, ¿hay que aniquilar al ego para poder crecer? Si y no...
Por otro lado, la libertad... ¿libertad de qué o para qué? En nombre de la libertad, nos imponemos cadenas, todo el tiempo. El objetivo de ayer puede ser la cadena de hoy, al igual que el objetivo de mañana puede ser la cadena de hoy.

—Entonces, ¿seremos siempre esclavos?

—Sí y no... En ambos casos, la respuesta es: hay que ser flexibles, vivir el presente sin angustiarse por un posible futuro y usando la experiencia del pasado sin aferrarnos a él. Ser flexibles dejando fluir la energía que recibimos en acciones, palabras, sucesos, etiquetándola lo menos posible. Ese es el verdadero espíritu del wu wei1. Ahí radica el verdadero arte de la aplicación de las leyes herméticas.
Vos sos vos y tus circunstancias, tu historia personal está basada en los ladrillos de tu experiencia previa, pero esto no quiere decir que dicha experiencia sea la verdad absoluta, por eso para ser verdaderamente libre hay que ser suficientemente maduros para soltar lo que ya no sirve, algo material o emocional; sentimiento o recuerdo.
Hay una hermosa historia que explica muy bien esto que estamos hablando:

Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una pequeña finca, lejos de la ciudad. Se dedicaba a trabajar la tierra y tenía un caballo para labrar y cargar los productos de la cosecha; ese caballo era su bien más preciado. Un día el caballo se escapó saltando por encima de las bardas que hacían de cuadra. El vecino, que se percató de este hecho, corrió a la casa del hom-bre para avisarle:

—Tu caballo se escapó, ¿cómo harás para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué mala suerte has tenido!

El hombre miró al vecino y le dijo: —Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?

Pasó algún tiempo y el caballo volvió al redil acompañado por diez caballos salvajes. El vecino, al observar esto, otra vez llamó al hombre y le dijo:

—No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes diez caballos más, podrás vender y criar, ¡qué buena suerte has tenido!
El hombre lo miró y dijo:

—Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?

Unos días más tarde el hijo montaba uno de los caballos salvajes para domarlo y cayó al suelo quebrándose una pierna. Otra vez apareció el vecino para emitir su opinión:

—¡Qué mala suerte has tenido! Tras el accidente, tu hijo no podrá ayudarte; ya eres viejo y sin su ayuda tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos.

El hombre, otra vez lo miró y dijo: —Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?
Pasó el tiempo y estalló una guerra con el país vecino de manera que el ejército empezó a reclutar jóvenes para llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino se lo llevaron por estar sano y al accidentado se le declaró no apto. Nuevamente el vecino corrió diciendo

—Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!

Otra vez el hombre lo miró diciendo: —Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?
Al terminar el cuento, Magdalena levanto los ojos y me miró sin pestañear, como si la última pregunta hubiese sido para mí. Sonrió e hizo el gesto de levantarse. Intuí que iba a preparar un té, pero la interrumpí preguntándole si esta vez yo podía hacer el mate. Hasta entonces nunca había puesto una mano en su cocina, siempre era ella la que se encargaba de servir. Asintió con la cabeza, exhaló profundamente y se sumergió en meditación. Preparé el mate en silencio, intentando hacer el menor ruido posible. Me di cuenta que en general, cuando cocino o preparo algo, suelo hacer mucho ruido con los objetos, los golpeo sin cuidado, y hago todo con apuro. Esta vez probé hacer algo diferente. El tener cuidado de no hacer ruido, me hizo estar más presente en cada acción, pude estar atenta a mi respiración y mis gestos. Me di cuenta que era algo que podía hacer en cualquier momento del día, como para retornar al presente.


1 Principio taoísta según el cuál hay una forma natural de hacer las cosas, sin forzar su esencia.


Capítulo 4 de "El Cauce, Canal de un Despertar".