El Esfuerzo

Como estuve tanto tiempo en cama, me surgía pensar sobre el tema del esfuerzo . Fui criada con la idea de que todo en la vida se gana con esfuerzo, desde un trabajo hasta un bienestar espiritual, y que sin esfuerzo no hay recompensa. Esta idea de esfuerzo hacía ruido en mí y, si bien me considero una persona sumamente trabajadora y esforzada, creo que el camino debería ser más fluir que empujar.

—¿En qué estuviste pensando todo este tiempo de reposo? —preguntó Magdalena, amablemente.

—Pensé acerca del esfuerzo, el fluir y el empujar —contesté.

—Dame un ejemplo.

—En el tango, el hombre lleva y la mujer debería dejarse llevar. Hay mujeres que no pueden soltar el control y por ende no reciben bien las marcas del hombre, las interpretan mal, o se apresuran porque tratan de adivinar. El hombre lucha con esa resistencia y lo que se ve de afuera es algo rígido y descoordinado. En cambio cuando la mujer fluye, confía en la marca del hombre, es placentero para ambos; de afuera se ve una danza armónica. Ese es un buen ejemplo para comprender el tema. Pero la pregunta que se me vino recién es ¿por qué nos esforzamos tanto?

—¿Nos esforzamos tanto en qué, exactamente?

—En ser mejores, en trabajar mucho, en llegar a la iluminación, en ser buenos padres, en ser buenos hijos, en ser buenos alumnos, en ser buenos profesionales... en ahorrar dinero o generar dinero, en estar bien… hasta el estar bien se gana con esfuerzo, en muchas mentalidades.

—Mmm, me parece que estás generalizando demasiado.

—¿Por qué?

—No todos se esfuerzan por ser buenos alumnos, ni todos se esfuerzan por ser buenos compañeros, ni en ser buenos trabajadores, ni buenos padres.

—En algo se esfuerzan, ¿no?

—Estás generalizando en cuanto a esfuerzos que no son los típicos. Los esfuerzos típicos son: tener las cosas fácilmente, sin grandes “esfuerzos”, pasarla bien, ser aceptados, sobresalir… La mayoría de las personas no se esfuerzan por ser buenos alumnos, buenos trabajadores, buenos padres o, simplemente, por ser buenas personas.


—Claramente, no soy mayoría.

—Y es por eso que estamos hablando. Hace un tiempo me preguntaste por qué me tomo el trabajo de ayudarte. Justamente porque vos te esforzás en ser mejor persona —con todo lo que eso implica— y tratás de evitar caer en las trampas de la ilusión impuestas por esta sociedad y este tiempo. Vos intuís que hay más y, por más que te tienten muchas cosas superfluas, te das cuenta de que son solo espejitos de colores que te desvían del verdadero camino. Por otro lado, aún no tenés la suficiente autoconfianza como para determinar cuál es tu propio camino y buscás muletas o bastones sin darte cuenta de que, en realidad, debés caminar sola con la única guía de un “faro” que te alumbre, pero que no te imponga un camino. Ese faro puede ser cualquier cosa o persona; lo importante es que no te encandile, al contrario, que evite que te estrelles contra las rocas y que te dé libertad para navegar por donde te sientas más a gusto...

—Eso te iba a decir. No creo tener “un camino”, así como suena.

—Como te dije recién, aún no tenés esa autoconfianza y por eso preferís usar bastón por ahora...

—¿Y cuál sería mi bastón?


—Decímelo vos. ¿Cuáles son tus miedos y despertadores?

—Mmm... bueno, el cuerpo siempre fue un despertador para mí, en el sentido de que, cuando estoy algo dormida, me sacude. A veces con cosas simples y otras, no tanto: la fiebre, o quemarme la mano con el horno, esas cosas. También, cuando rompo cosas materiales; es decir, cuando a la materia le está yendo mal a mí alrededor me despierto —dije, riendo.

—¿Algo más?

—Alguna vez me dijiste que eras un bastón para mí pero yo ahora no lo veo así. Me rodeo de ciertas personas que me conectan con algo pero no son bastones, son algo más: algo así como compañeros de ruta.
—Tu bastón no es una persona, es una idea: la idea de necesitar un despertador para no dormirte porque no confiás en tu despertar; es tu propio miedo de quedarte dormida.

—Es cierto, mi mayor miedo es a dormirme.

—Aunque suene contradictorio, te apoyás en tu miedo para avanzar y por eso te dejás estar, y volvés a caer.
—No entiendo…

—Tu miedo es a quedarte dormida. Tu miedo es despertar dentro de diez años y darte cuenta de que has estado repitiendo los mismos errores y haber perdido el tiempo. Tu miedo es no alcanzar los objetivos. Como tenés miedo, confiás en que ese miedo va a ser el que te mantenga despierta, sin darte cuenta de que ese miedo te impide avanzar porque te limita. Porque el miedo, sea cual sea, limita. Porque ese miedo le dice a tu inconsciente: “no soy capaz”. Porque ese miedo es, como ya dijimos anteriormente, la mayor y más poderosa de las manifestaciones del ego.

Nos quedamos unos segundos en silencio. Respiré profundamente y acomodé mi postura. Sentía que no había comprendido cabalmente lo que Magdalena acababa de decirme, pero confié en que lo comprendería en algún momento.

—Cuando te esforzás —continuó Magdalena—, generás una acción y, por ende, una reacción que no siempre es igual a lo que deseás. Te doy un ejemplo: te esforzás por ser valiente ¿qué hacés para lograrlo? Supongamos que usás tu imaginación y te convertís en el héroe que todo lo logra, lo deseás con el corazón, y practicás boxeo para ganarle a todos los malos. Pero cuando finalmente sucede, ¿te convertís en el héroe de película, que le gana a todos y se queda con la chica? Raras veces pasa eso, por lo general la vida te da otra cosa. Y ahí empiezan los conflictos.

—¿Cómo darnos cuenta entonces qué esfuerzos son correctos, y cuáles nos van a llevar al sufrimiento?

—De por sí la pregunta es incorrecta, no existen en sí mismos esfuerzos “buenos” y esfuerzos “malos”. Prestame atención, Ariadne. Si vos deseás ser valiente, y te esforzás para lograrlo, la vida no te convierte por arte de magia en una persona que no le teme a nada, sino que te presenta distintas situaciones para que vos pruebes tu valentía. Si vos te das cuenta de esto, usás esas experiencias para ser cada vez más valiente, pero lo que sucede es que en general las personas no se dan cuenta de esto, y ven las situaciones como conflictos, en vez de verlas como oportunidades para su crecimiento.
La vida no te da lo que creés merecer, sino lo que necesitás, una y otra vez hasta que por fin lo tomes. Muchas veces uno se esfuerza físicamente pero se boicotea con la mente. Todos tus actos generan una reacción y dichos actos, dichos esfuerzos, hacen que te sintonices con cierta frecuencia vibracional que, al final, es la que se termina convirtiendo en un imán de todo lo que te viene. El esfuerzo, por lo tanto, debe ser con la filosofía del wu wei: hacer las cosas porque hay que hacerlas, sin esperar recompensas, hacerlas lo mejor que se pueda, dedicarles toda tu creatividad y energías positivas (Amor) para que dicho esfuerzo se convierta en un mantra o en una meditación, que logre centrarte y que permita que aflore tu verdadera esencia. Justamente, es por esto que dije a lo último que pocos lo entienden. Casi todos se esfuerzan por concretar proyectos que al final no los satisfacen, porque se olvidan de que el esfuerzo no es para llegar a una meta sino para disfrutar y aprovechar el trayecto hasta dicha meta que, por cierto, es efímera.

—Pero, Magdalena —repliqué—. ¡En la práctica suceden tantas cosas!

—Sí, muchas cosas que te distraen. Te lo ejemplifico con un cuento:

Al maestro sufí Mulá Nasrudin le concedieron una entrevista en una compañía naviera. El director le dijo: “Nasrudin, es un trabajo peligroso. Algunas veces el mar se embravece. Si estás en medio de una gran tormenta, ¿qué harías con tu barco?”. Él contestó: “Ningún problema. Simplemente bajaría el mecanismo de defensa que tienen todos los barcos: las enormes pesas que mantienen el barco estable incluso en medio de una gran tormenta”. El director volvió a preguntarle: “¿Y si viene otra gran tormenta...? Él contestó de nuevo: “Ningún problema. Volveré a bajar otra gran pesa”. En el ambiente marino, a esas pesas se las llaman lastres. El director volvió a decirle: “Y si viene una tercera tormenta, ¿qué harías?”. Y él volvió a contestar: “Ningún problema... más lastre”.
El director no sabía qué hacer con aquel hombre. Le preguntó: “¿De dónde sacas todo ese lastre?”. Y el Mulá Nasrudin le contestó: “¿Y de dónde saca usted todas esas tormentas?”.
De la misma fuente... Más tormentas me pongas, más lastre bajaré.
La mente crea problemas, levanta tormentas y luego busca el lastre, y también crea ese lastre... Muchos de los esfuerzos que ahora realizamos son motivados por el miedo, miedo al qué dirán, miedo de lo que puede suceder, miedo de ser rechazado por no tener algo o miedo de ser como alguien... ¿Cuántos de tus esfuerzos son motivados por algún miedo? Miedo al futuro, a la incertidumbre…

—Supongo que algunos esfuerzos son generados por ese miedo, sí… pero de no estar ese miedo, las personas no ahorrarían dinero, ¿verdad? ¿Por qué se ahorra?


—Porque te generan miedos.

—No estoy de acuerdo con eso… ¿Vos no tenés ahorros? ¿Vivís al día?

—Si tengo ahorros es porque me sobra un poco de dinero, no porque tenga como meta ahorrar. Si tengo que usar el dinero, lo uso. No me preocupa tener ahorros para el futuro.

—Creo que existe un equilibrio.

—Ariadne, escuchame, si vas a hacer algo por miedo a algo, entonces el resultado va a ser incierto. No es bueno ahorrar por miedo a la enfermedad, miedo a la vejez, miedo a lo que sea... Distinto es si vas a ahorrar por un deseo genuino de cambio: cambiar tu casa, tu auto o tu tiempo libre, de vacaciones; porque así te estás esforzando por vos y tu bienestar.

—Claro, pero no deja de ser futuro, algo que hago hoy para mañana.

—Sí, pero ¿cuál es el tema fundamental? Preocuparse y angustiarse hoy por el mañana, ese es el error. Si podés ahorrar y seguir viviendo felizmente, entonces no hay conflicto. Pero si ahorrás para irte de viaje, al punto de privarte de cosas en el presente y lo sufrís, y aguantás lo que sea en nombre de ese viaje, y luego acontece algo que hace que no puedas viajar, ¿qué sucede? Proyectaste y viviste el futuro y te perdiste el presente, eso es totalmente contrario al wu wei.

—Entonces, el tema es no sufrir hoy por un bienestar futuro.

—Exacto. Un bienestar futuro que es incierto en todo sentido. Pero valga la aclaración:
siempre y cuando te haga sufrir y te ponga ansiosa, o acelerada o que te saque de tu centro. Como cuando uno mira el reloj y desea que pasen las horas rápidamente... Así se pierde la posibilidad de vivir minuto a minuto. Por más aburrido que uno esté, o por más que crea que su vida actual es una miseria y que, cuando logre tal o cual cosa, todo cambiará... Mientras uno no cambie su mentalidad...

“Todo es mente”, pensé para mis adentros. Demasiado a menudo me olvido de aplicar este principio fundamental a mi vida. El silencio de la casa de Magdalena era profundo, no se escuchaba nada, solo el canto breve de un ave cada tanto.
Magdalena interrumpió el silencio de forma abrupta:

—Para la próxima vez que nos veamos, quiero que pienses tres principios fundamentales en el camino a la felicidad .



Capítulo 13 de "El Cauce, Canal de un Despertar".