¿Por qué y para qué estamos vivos?


Ya llevaba visitando a Magdalena casi seis meses, era el mes de junio y se avecinaba un frío invierno. Un día, cuando llegué, Magdalena me dijo que tenía algo importante para decirme, algo que hacía tiempo quería enseñarme. Según ella, yo había llegado a un punto crucial del entendimiento y ya era tiempo de profundizar en un tema fundamental. Como solía suceder, su explicación empezó con preguntas.

—¿Creés que hay algún motivo trascendente por el cual estás viva? ¿Por qué hay vida? ¿Qué es la vida?

—No tengo idea —contesté—. Podría tratar de decirte lo que pienso… suposiciones… pero no creo tener una idea acabada al respecto…

Magdalena percibió mi intención. Siempre que me hacía preguntas complejas, yo demostraba rápidamente mi ignorancia, con el objetivo de escuchar lo que ella tenía para decir. Si bien a veces funcionaba, esta vez fue diferente. Con tono serio y mirada penetrante, Magdalena volvió a preguntar qué era la vida para mí. Estaba claro que no iba a escaparme fácilmente de este interrogatorio, por lo que me dispuse a respirar profundamente y volcarme hacia el interior para responder desde allí:

—A ver... La vida es un per
íodo de tiempo en el que suceden cambios, transformaciones y acontecimientos. Hablamos de la vida en la tierra, ¿verdad? —pregunté—, porque si hablamos de la vida eterna, entramos en otro tema...

—Hablamos de la vida en general, la vida acá en la tierra es solo la punta del iceberg.

Decidí dejar pasar ese comentario porque sabía que iba a irme por las ramas, y continué esforzándome por esbozar una respuesta acertada.

—Bien. La vida en general es un proceso de transformación, pero sucede que es tan grande que es imposible de comprender para la mayoría de los seres humanos. Es el equivalente a una flor y nosotros seríamos los microbios, pequeñísimos, cada uno haciendo su tarea.

Parecía que Magdalena disfrutaba al verme en aprietos pero, sin alterar su gesto, me sugirió con calma: 

—Cuando no puedas comprender algo, entonces mantenete dentro de la respuesta más simple, ¿qué es la vida?

—Bueno… ¡es un proceso de transformación! ¿Eso es simple?

—Eso es simple pero transformación… ¿de qué, a qué y para qué?

—Transformación de la Tierra. Somos organismos vivos, parte del planeta Tierra que, a su vez, es parte de la galaxia, y así…

—¿Algo más?

—Eso sería lo más simple, creo.

—A ver si puedo simplificártelo: Vida es igual a Conciencia.


Me encantaba cuando Magdalena hacía eso: decía las palabras exactas y me hacía “ver” con mucha claridad. Asentí con la cabeza y ella prosiguió:

—Y si es así, entonces, ¿para qué estás acá?

—¿Para ser consciente? ¿Para desarrollar una mayor conciencia?

—¿Consciente de qué? ¿Mayor hacia dónde?

—Mmm… ¿conciencia del Todo? ¿Conciencia de mí misma para ser consciente del Todo?

—¿Vos y el Todo son entes separados?

—No, si tomo conciencia de mí, esa es una puerta para ser consciente del Todo.

—¿Qué es el Todo?

—Es una especie de gran matriz que configura todas las cosas.

—O mejor dicho, ES todas las cosas...

—Sí.

—Por eso es el Todo.

—Es todas las cosas. Verdad.

—Si la vida es conciencia y Todo es todo, entonces Todo es conciencia, por lo tanto Todo es vida; y si vos sos consciente, entonces sos parte de la vida, por lo tanto, sos parte del Todo. Y si Todo está en todo porque es Todo, y vos sos parte del Todo, entonces vos también sos y estás en Todo. Esa es la teoría del holograma: todo es vida, hasta la muerte es vida; lo que se llama muerte en realidad es el fin de un ciclo, no el fin de la vida.

Respiré profundamente y dejé que lo que Magdalena decía hiciera efecto. Era cierto para mí pero no podía explicar por qué, no podía fundamentarlo.

—Yo también lo siento así —le dije—, pero ¿cómo podés saber eso con certeza, cómo podés comprobarlo?

—Muy bien —dijo, riendo—. Con tu mente racional no podés saberlo con seguridad (y recordá que cuando hablamos de “mente racional” estamos hablando del hemisferio izquierdo de tu cerebro). Para acceder a esta comprensión debés activar tus dos hemisferios…
—¿Y el otro hemisferio se activa con la meditación, por ejemplo?

—Con meditación sí. También al ejercitar deliberadamente tu hemisferio derecho, por ejemplo, podés usar las partes de tu cuerpo que no son las hábiles. El lado izquierdo de tu cerebro rige la mano derecha. Si sos “hábil” con esta mano, un excelente ejercicio es practicar hacerte hábil con la mano izquierda.

—Bien.

—Continuemos con la idea de la conciencia y la vida: ¿para qué estás acá? Estás viva, siempre estuviste viva, solo que ahora lo estás en este plano, ¿para qué? ¿Para adquirir conciencia de qué?

—Podría jugar a las adivinanzas, Magdalena, pero realmente no tengo idea...

—Vida es igual a conciencia y conciencia es igual a Todo. Estás viva para tomar conciencia del Todo. ¿Para qué?

—¿Para elevarme a un plano superior? ¿Para aprender?

—¿Para qué? Si ya estás viva, y toda vida es conciencia, y Todo es el todo, entonces ¿para qué todo este embrollo?

—¿Para dejar de sufrir, para liberarme del sufrimiento?

—El sufrimiento es parte de este plano pero ¿para qué venir y para qué liberarse?

Me tomé unos minutos para pensar; me estaba empezando a doler la cabeza pero continuaba haciendo el esfuerzo.

—Sé que vine para algo ¡pero no tengo idea para qué! ¡Dame alguna pista!


—Esforzate, Ariadne, ¡pensá!

—Bueno, a ver... Cuando algo nace y crece, su destino es volver a la fuente, transformado.

—¿Para qué?


—Mmm... Las plantas por ejemplo, viven para traer oxígeno al planeta, para abonar la tierra, para traer alimento: todo esto sería, para mantener la vida…

—¡Exacto! La vida genera más vida: como es arriba es abajo, como es adentro es afuera. Somos un eslabón más de la vida, un engranaje más, y cumplimos un ciclo para mantener todo el sistema.

—Pero… ¿para qué?

Per se,
porque es la esencia del Todo. Todo es vida y la vida es dinámica, no estática. Por eso hay ciclos y de la misma forma que cuando tirás una piedra a un estanque se forman olas, así pasa con la vida cuando se genera más vida, se forman ondas que repercuten en todos los planos.

—¿O sea que no hay ningún fin último, más que el que ya está sucediendo?

—Tu esencia divina, “la piedra”, experimenta en todos esos planos. Así, el fin es la vida misma, es el Todo. La piedra es tu esencia y tu alma; tu personalidad es la que está surfeando una de esas olas. El tema es que, al ser tan densa esta dimensión, y también dual, entonces el alma se confunde, da poder a la personalidad, y empiezan las divisiones. ¿Por qué retornamos? Por simples leyes universales que hacen que no se puedan mezclar distintos tipos de vibraciones. Y mientras te mantengas en la vibración del miedo y el desamor, seguirás repitiendo, y volviendo a surfear las olas de este sector. ¿Se entiende?

—Creo que no termino de entender bien lo de la mezcla de las olas. Y otra cosa: mi esencia es mi ser eterno, la que soy, más allá de Ariadne. ¿Entonces mi alma qué es?

—Si tirás una piedra a un estanque, ¿qué sucede?

—Se generan olas.

—Cada ola representa una dimensión. La piedra representa tu espíritu que se expande y genera vida. Cada ola tiene una parte de tu espíritu que está experimentando
. La última ola, la de la tercera dimensión, es la que tiene una parte del espíritu llamada “alma” y la que formó una personalidad llamada “Ariadne”. Esta alma está surfeando la ola de la tercera dimensión, y no puede pasar a la otra ola (la más cercana al espíritu) hasta que supere la ola de la tercera dimensión. Para hacerlo, necesita cambiar tu vibración, porque por las leyes universales las vibraciones son las que delimitan las dimensiones. Imaginate el espectro de luz. Para pasar del azul al rojo debés cambiar la frecuencia vibratoria de la luz.

—Creo que voy entendiendo. Los registros akáshicos me dijeron varias veces: “soltá lo que no te pertenece”. Creo que eso tiene que ver con el ingreso a la cuarta dimensión. Es eso, o me estoy volviendo loca —concluí, riendo.

—No, no estás enloqueciendo. Es como la trampa del mono: soltar pero con la mente, dejar viejos conceptos, paradigmas y estructuras mentales, para darle cabida a nuevas formas de pensamiento más puras, más elevadas, con otro nivel vibracional. Para pasar del azul al rojo, debés cambiar la frecuencia vibratoria. Esto es lo mismo, para pasar de una ola a otra debés cambiar tu frecuencia vibratoria mental. Todo es mente: como es arriba es abajo; todo vibra, todo tiene un ritmo.

Al terminar de hablar, Magdalena me miró fijamente como si fuera a decir algo más. Afuera se escuchaba el viento frío golpear contra los follajes (o contra las hojas de los árboles). Al ver que su mirada me hacía sentir ansiosa e incómoda, Magdalena bajó la vista y suspiró.

Bueno, suficiente por hoy. –dijo-. Meditá sobre todo esto, respirá hondo, y surfeá .

 Capítulo 10 de "El Cauce, Canal de un Despertar".